Propio de todo hombre es el errar. Pero de nadie, sino del necio, el mantenerse en el error - Juan Luis Vives (1493 - 1540), humanista y filósofo
Proponen el uso de bacterias para que repararen las grietas que aparecen en el hormigón utilizado para la construcción.
|
En nuestra soberbia creemos que las construcciones modernas pervivirán por siempre. La verdad es que si no fuera por nuestros constantes cuidados duraría más bien poco y ni aún así durarán de todos modos mucho tiempo. Recientemente se intentó explorar la idea de qué ocurriría si el ser humano se desvaneciera súbitamente para siempre de la Tierra. Sorprendentemente, la Naturaleza recuperaría su lugar en el mundo, las carreteras estarían inservibles en unos pocos años, las presas reventarían, los edificios se caerían… Al cabo de unos pocos siglos no quedarían prácticamente casi huellas del ser humano. Sólo las pirámides de Egipto permanecerían como testigos del paso del hombre sobre este planeta.
Las pirámides permanecerán durante mucho más tiempo que nuestros rascacielos porque están hechas de piedra y están ubicadas en un lugar muy seco y cálido. Nuestros modernos edificios están hechos de hormigón y el hormigón sufre fuertemente el ataque corrosivo de la humedad, es decir, del agua. Además, mucho de nuestro hormigón es hormigón armado y contiene fuertes barras de acero en su interior. Pero el acero también sufre el ataque del agua, se oxida y aumenta su volumen, creándose tensiones catastróficas. Si además el clima es frío, de vez en cuando el agua filtrada en el interior del hormigón se congela, aumenta de volumen y quiebra aún más el material.
El cemento utilizado en el hormigón (mezcla de cemento con áridos y piedras) es un material bastante bueno. La cúpula del panteón de Roma (hecha de mortero), de casi 2000 años de antigüedad, así lo demuestra. El cemento se transforma poco a poco en dura caliza al reaccionar con el dióxido de carbono atmosférico. Pero la debilidad del cemento o del hormigón es la formación de grietas por donde puede penetrar el agua.
Desde hace años se viene investigando con métodos que permitan sellar las grietas que aparecen en el hormigón. Un método que se ha ensayado en el pasado consiste en un hormigón autorreparable que contiene fibras rellenas de un fluido. Ante una grieta la fibra se parte y libera una resina que rellena la grieta.
Pero quizás nos debamos fijar en la Naturaleza, en casos como los huesos de los animales o el coral, estructuras ambas creadas con diversas formas de carbonato cálcico, al igual que el cemento. La Gran Barrera de Coral, por ejemplo, es una estructura creada por organismos vivos que es tan grande que es visible desde el espacio. Ninguno de nuestros edificios lo es.
El hueso es otro ejemplo de lo que puede hacer la vida a la hora de crear estructuras, las células osteblásticas del hueso son capaces de reparar grietas o incluso fracturas que puedan aparecer en el hueso.
La idea que ha tenido Henk Jonkers, un investigador de la Universidad Tecnológica de Delf (Holanda), es hacer que unas bacterias realicen el mismo papel de las antes mencionadas células del hueso y rellenen las grietas y agujeros que aparezcan en el hormigón. Estas bacterias serían activadas precisamente por la presencia de agua y funcionarían gracias a un “alimento” compuesto principalmente por lactato cálcico, que sería añadido también al hormigón.
Las bacterias estarían más o menos en estado de letargo hasta que en una grieta hiciera presente el agua. Entonces, las bacterias se activarían y empezarían a metabolizar el lactato y a producir calcita en presencia de oxígeno. La calcita cumpliría el papel de cemento, rellenado o sellando la grieta.
Pero encontrar bacterias que cumplan esta misión no es sencillo, el hormigón tiene un pH típico de 10, una situación que no suele ser del agrado de todos los microorganismos. Afortunadamente puede haber bacterias extremófilas que vivan en ambientes alcalinos y que puedan cumplir la misión. Por esta razón Jonkers y sus colaboradores han viajado a lagos alcalinos de Rusia y Egipto, donde el pH del agua es alto de manera natural, encontrando cepas de bacilos adecuadas que prosperan en ese ambiente.
Los bueno de estas variedades de bacterias es que pueden adoptar el estado de espora y permanecer “dormidas” durante 50 años sin necesidad de agua o comida. Son como “semillas” esperando a ser plantadas, justo lo que buscan para la idea de reparación del hormigón.
Para que el hormigón convencional no se resienta con el añadido de bacterias y lactato, Jonkers primero encapsula las esporas en esferitas cerámicas de escasos milímetros y luego añade estas esferitas a la mezcla habitual del hormigón.
Esperan que cuando las grietas del hormigón se formen rompan estas esferitas y liberen las bacterias reparadoras, el agua activaría las esporas y los microorganismos empezarían a segregar calcita.
Todavía no parece que se haya puesto a prueba la idea, y de momento se desconoce cómo sería la producción de calcita en el interior del hormigón. Un factor limitante podría ser el oxígeno necesario para metabolizar el lactato, gas cuya concentración en el interior del hormigón sería muy baja.
Pero las bacterias no necesitan rellenar completamente la grieta, basta con que la sellen y no entre más agua en el interior, que es el que degrada el hormigón.
Como las bacterias viven sólo a un pH alto, tampoco representarían un problema medioambiental o una amenaza para los humanos. Una vez fuera del hormigón simplemente mueren.
Este equipo de investigadores se centra ahora en la rebaja de costes de todo el proceso para que el hormigón biológico autorreparable sea competitivo en el mercado.
La idea es tan bonita que estaría muy bien que saliera adelante. Si funcionara nuestros puentes y edificios estarían literalmente vivos y se habría iniciado el campo de la ingeniería biológica.
¿Quién habría dicho que la investigación en extremófilos nos iba a ayudar a que los puentes no se caigan?
Copyleft: atribuir con enlace a http://neofronteras.com/?p=3226
Fuentes y referencias:
Inspirado en una noticia de NewScientist.
Foto: por WSDOT, vía Flickr.
"Los ovnis existen. Hay millones de pruebas", sentencia Juan José Benítez en una reciente entrevista. Es lo mismo que decía hace treinta años y sigue haciendo gala la misma impotencia que entonces a la hora de demostrar que es más que un titular. Porque Benítez es incapaz de presentar una sola prueba a favor de la existencia de los ovnis. Y, que quede claro: cuando él habla de ovnis se refiere a naves extraterrestres con bicho dentro, no a los neutros objetos volantes no identificados.
El autor de Caballo de Troya nunca se ha andado con medias tintas: los platillos volantes son para él ingenios de otros mundos desde que, a mediados de los años 70, se convirtió en el mejor publicista de las trolas de los miembros del Instituto Peruano de relaciones Interplanetarias (IPRI) con su libro Ovnis: SOS a la Humanidad. Y es que, el 7 de septiembre de 1974, vio junto a los contactados varios ovnis en el desierto peruano, aunque, ¡claro!, ni él ni sus interlocutores sacaron foto alguna porque los vistantes se lo habían prohibido previamente a través de la escritura automática.
Pruebas, pruebas y más pruebas
Hace treinta años, Benítez contaba en una ocasión que disponía de fotos de seres extraterrestres tomadas por testigos de toda garantía y la jugada le salió mal. Como recuerda Luis Hernández Franch en Los ovnis desmitificados (1984-1985), hizo esa afirmación durante un debate televisivo y, en vez de callar, John L. Acuff, presidente del crédulo Comité Nacional para la Investigación de Fenómenos Aéreos (NICAP) de EE UU, dijo que, si así era, no entendía cómo nuestro protagonista no hacía públicas la prueba definitiva de la existencia de visitantes extraterrestres y se la guardaba. Benítez reculó, dijo que todavía tenía que someter las fotos a análisis y nunca más se supo de ellas. Ahora, después de haber vendido hasta un anillo con marca de platero como de origen alienígena y un montaje de una compañía de animación vasca como una película de ruinas en la Luna tomada por los astronautas del Apollo 11, el ufólogo navarro dice que "hay millones de pruebas" de que nos visitan seres de otros mundos.
Que muestre una, sólo una prueba concluyente. No hace falta más. Basta con un tornillo, un mapa marciano, una uña alienígena... Hasta que no lo haga, Benítez seguirá mereciendo el mismo crédito que cuando dice que seres de Orión levantaron las pirámides de Egipto y que los egipcios de hace 4.500 años vivían en la Prehistoria y desconocían la escritura, que cuando sostiene Jesús visitó Roma y presenció los juegos en el Coliseo y que cuando contaba en 1975, haciéndose eco acríticamente de las patrañas de la gente del IPRI, que en Marte vivían dos especies de seres inteligentes, en Venus la temperatura superficial era "adecuada para el desenvolvimiento de la vida" y había colonias alienígenas en lunas como Calisto, Io, Europa y Ganímedes.
Cuando estoy en un pueblo pequeño, paso cerca de una granja o en el campo y, de repente, huele a cagarrutas de oveja… éste que os escribe… se sonríe.
La razón es muy sencilla. Por las calles del pueblo de mi madre, hace unos años, pasaban los rebaños. Los niños corríamos a escondernos en las casas y mirábamos pasar las ovejas desde la ventana. Después salíamos a la calle y veíamos todo sembrado de aceitunillas…y tenía gracia.
Así que aquí funciona la memoria asociativa. Ese olor (no demasiado agradable) está asociado a un recuerdo agradable, y eso transforma el efecto que el olor produce sobre mi estado de ánimo.
Este es el fundamento de muchas maneras de memorizar y reglas mnemotécnicas, el mismo condicionamiento… o los chuchos de Paulov.
Sabiendo que así funciona nuestro coco, usémoslo para nuestro beneficio. Rodeémonos nosotros y a nuestros estudiantes de condiciones agradables y quizá lleguen a sonreir con lo que nosotros amamos.
No puedo terminar sin decir que el olor a vaca me recuerda a Cantabria…
Creo que tengo que salir más…
Los investigadores no saben todavía lo que está encendido en la región IRAS 05437 2502, una nebulosa pequeña y débil que se extiende sólo 1/18 parte de la luna llena en la constelación de Tauro. Particularmente enigmático es la forma brillante en forma de V invertida, que define el borde superior de esta montaña flotante de polvo interestelar. Esta nebulosa fantasmal, comprende una pequeña región de formación estelar llena de polvo oscuro que se observó por primera vez, en imágenes capturadas por el satélite IRAS en luz infrarroja en 1983.
Aún dentro del marco de los presupuestos aprobados previamente para el programa Constellation, la NASA y la empresa ATK han llevado a cabo una nueva prueba con una versión de cinco segmentos del motor sólido empleado como acelerador de la lanzadera espacial, y que debía usarse en la primera etapa del cohete Ares-I. Este último no parece que vaya a volar en un futuro cercano, pero algunas de las pruebas previstas para su desarrollo sí se están llevando a término porque ya estaban aprobadas y listas, y porque el sistema tiene otras aplicaciones. La prueba del motor, llamada DM-2, se produjo el 31 de agosto y duró dos minutos. Hasta 760 instrumentos se ocuparon de medir su funcionamiento y rendimiento. Previamente al encendido, se enfrió el motor para verificar su actuación en un escenario de bajas temperaturas y condiciones extremas. El ensayo se desarrolló perfectamente y ahora los ingenieros examinarán las mediciones realizadas. El sistema podría emplearse en un hipotético lanzador pesado de la NASA. El motor se diferencia de los aceleradores del transbordador espacial en varios aspectos. Además de un quinto segmento, que lo hace más largo y capaz de producir un mayor empuje, dispone de una garganta de mayor diámetro en la tobera, además de un mejor sistema aislante. Las carcasas empleadas han volado colectivamente al espacio en 59 misiones del Shuttle, la primera vez durante la STS-3. (Foto: NASA)
Dos astronautas, Linda Godwin y Scott Altman, abandonarán en breve la NASA. La primera se retirará y el segundo pasará al sector privado. Godwin entró en la agencia en 1980 y fue elegida como astronauta en 1985. Voló al espacio en cuatro ocasiones, acumulando 38 días y dos salidas extravehiculares (STS-37, STS-59, STS-76, y STS-108). En cuanto a Altman, entró en la NASA en 1995 y voló también en cuatro misiones de la lanzadera: STS-90, STS-106, STS-109 y STS-125, acumulando 51 días en el espacio. (Foto: NASA)
El presente artículo corresponde a una versión reducida del que publiqué en la revista Historia de Iberia Vieja, número 63 de septiembre de 2010.
Cuando, después del combate, penetró Farragut en la enfermería, y a triste luz, en silencio que sólo interrumpían ayes o patrióticas exclamaciones, vio a los cirujanos afanados en su terrible ministerio, vio sangre por donde quiera, miembros segregados, tantos valientes unos heridos, otros moribundos o sin vida, sintió suma aflicción y espanto; más pudo al fin auxiliar a los facultativos. Por negra fatalidad, algunos pacientes, a tiempo que los curaban, habían perecido traspasados por astillas que desprendían los proyectiles ingleses. Conducido Farragut a bordo de la Febe, echóse a llorar por serle intolerable la humillación de su bandera. Convidóle a almorzar el capitán vencedor y, por vía de consuelo, díjole que probablemente se desquitarían los americanos en otra ocasión. «Así lo espero, señor», contestó con altivez el adolescente, y alejóse conmovido.
Fragmento de La Fragata Essex, dentro de la serie Episodios Norteamericanos,
publicada por Emilio Blanchet en Revista Contemporánea, primer trimestre de 1892.
El protagonista de la cita que abre hoy esta sección atendía al nombre de David Farragut, aunque su nombre original era James, decidió cambiarlo en 1812 en atención a su mentor y padre adoptivo, el capitán David Porter. Puede resultar sorprendente, pero Farragut contaba apenas catorce años de edad cuando participó en la batalla tan elogiosamente recordada por Emilio Blanchet, un combate que, sin duda, le sirvió para afianzar más sus convicciones y su valentía. Sucedió todo ello el 28 de marzo de 1814, cuando Porter, capitán del Essex, fue forzado a rendirse por las fragatas británicas HMS Phoebe y Cherub frente a la ciudad chilena de Valparaíso en el transcurso de la guerra anglo-americana de 1812.
He de reconocer que hay cierto elemento friki, como se dice hoy día, en mi interés por la familia Farragut. El apellido me sonaba de algo porque, cómo no, leyendo viejas crónicas de mediados del siglo XIX, sobre todo norteamericanas, de vez en cuando se citaba a cierto marino de singular apellido, pero no presté mucha atención. Fue, sin embargo, cuando hace ya muchos años tuve la oportunidad de asistir en un cine a una sesión de estreno de Star Trek VII: Generations –o, como se traduce en España: Star Trek, la próxima generación– cuando me picó definitivamente la curiosidad. ¿Y qué pinta un marino decimonónico en una película de ciencia ficción? Todo tiene su explicación, aunque sea de lo más rebuscado. Quienes conocen bien Star Trek saben que su creador, Gene Roddenberry, animó siempre a todos los guionistas a mimar detalles como los nombres de las naves espaciales que aparecieran en pantalla. Sin ir más lejos, la verdadera protagonista de la saga, la USS Enterprise, hace honor a una larga tradición de buques que, bajo el mismo nombre, han servido en varias marinas, entre ellos el primer portaaviones nuclear de la historia, todavía en servicio. Al final de la película mencionada, con la Enterprise destruida en un lejano planeta, el capitán Picard y su primer oficial atienden el rescate de los supervivientes que, he ahí el detalle, son transportados a una nave llamada USS Farragut. En cuanto pronunciaron el nombre me faltó tiempo para anotarlo mentalmente y pasar a buscar datos sobre ello. No es algo trivial porque, ¿quién era el tal Farragut y qué importancia llegó a tener para que incluso una ficción como aquella recordara su existencia? Muy simple: David Glasgow Farragut, en cuyo honor se han bautizado naves, no sólo en la ficción, como el novísimo destructor DDG-99 de la clase Arleigh Burke, fue todo un héroe de su país. David, de familia menorquina y con una vida llena de aventuras sorprendentes, fue el primer contraalmirante, vicealmirante y almirante de la Marina de los Estados Unidos.
De Menorca a América
La familia Farragut, o más antiguamente Ferragut, cuenta con larga tradición en Baleares. Fue Jordi Farragut, nacido en Ciudadela, Menorca, allá por 1755, e hijo de Antonio Farragut y Juana Mesquida, todo un personaje que merece ser recordado por su espíritu aventurero. Porque, si se piensa bien, ¿qué se le había perdido a un menorquín en medio de la Guerra de la Independencia de los Estados Unidos?
Hay muchos detalles que pueden explicar su destino. En primer lugar, el haber nacido en Menorca durante la ocupación británica de la isla, hizo que el trato con los ingleses fuera fluido y próximo. Por otra parte, nuevamente Menorca, como patria de intrépidos marinos, posiblemente influyó en el espíritu del joven Jordi a la hora de decidir dedicar su vida al mar. Durante años trabajó como marino mercante, después de estudiar náutica en Barcelona y, cruzando el Atlántico, fijó su atención en unas tierras que pronto iban a verse sacudidas por toda una revolución. En Norteamérica, donde le llamaban George, llegó a mandar un pequeño velero con el que comerciaba entre Cuba, México y su puerto base, Nueva Orleans. Nada excepcional, un español comerciando en el Golfo de México y, sin embargo, cuando estalló la Guerra de la Independencia, decidió meterse en el lío de lleno al lado de los revolucionarios.
Así, combatió al frente de diversos grupos armados, de forma un tanto caótica, llegando a alcanzar el grado de teniente en la Marina de Carolina del Sur. Luchó en batallas célebres en lugares como Charleston, Cowpens, Wilminton o Savannah, no sin sufrir heridas o la captura temporal por parte de los británicos. Todo ello de forma voluntaria y, sencillamente, impulsado por su creencia en la causa de los revolucionarios, que tomó como la suya propia.
El gran almirante Farragut
La valentía y el ardor guerrero no se transmite por los genes, naturalmente, pero el hijo de Jordi siguió su mismo camino, como si se tratara de él mismo, llevando hasta el límite lo que en principio no fue más que una aventura indiana. Jordi, después de la Guerra de la Independencia, se casó con Elizabeth Shine, trasladándose a vivir a Tennessee, en las cercanías de Knoxville, donde vivió como respetado oficial de la milicia local y responsable de un ferry. Curiosamente el hijo de los Farragut, David, vino al mundo en medio del agua o, para ser más preciso, en el interior de ese ferry gobernado por su padre en el río Tennessee, como si el destino bromeara desde el primer día haciendo referencia a las futuras aventuras del primer almirante que tuvo la Marina de los Estados Unidos.
David Farragut, sin duda influenciado por su padre, decidió alistarse en la Marina en 1810. Teniendo en cuenta que había nacido en 1801, no hay que hacer muchas cuentas para percatarse de que no era más que un niño pequeño y, sin embargo, en pocos años tuvo que luchar duramente por su vida, como en el citado incidente de Valparaíso con el que se abre este artículo. Su carrera en la Marina fue asombrosa, siendo llamado por diversos gobiernos para ocupar todo tipo de cargos como, por ejemplo, encargado en 1853 de la construcción y gestión durante muchos años de los importantes astilleros militares de Mare Island. Pero la burocracia y el glamour de la vida militar en tiempos de paz dieron paso nuevamente a una cruel guerra. A las puertas de la contienda civil, a pesar de vivir con su esposa en Norfolk, Virginia, declaró su inquebrantable lealtad por la Unión deseando participar en la guerra incluso cuando podía vivir retirado sin problemas y ya con una edad que no invitaba a ningún tipo de aventuras. Viendo que las cosas iban por mal camino y el conflicto entre el norte y el sur era inevitable, David se trasladó con su familia a Nueva York. Aunque ofreció sus servicios al ejército de la Unión, apenas le asignaron labores burocráticas y poco más. Cabe entender esa decisión debido a las dudas que surgieron sobre su lealtad, a fin de cuentas tanto David como su mujer eran originarios del sur, más su relación con la familia de David Porter hizo que los obstáculos abrieran para él todo un mundo de éxitos navales.
Farragut participó con sobresalientes resultados en el asedio de Nueva Orleans, con una flota reunida de una forma un tanto precipitada, con la que recuperó el control de la ciudad de manos de la Confederación en 1862, tras una serie de bombardeos y arriesgadas estrategias para tomar posiciones clave en la ciudad del sur. La flota de Farragut, de clásicos veleros y vapores con casco de madera, sufrió los ataques de algo nunca visto: el Merrimac, un navío de guerra construido por el sur con casco de hierro y un terrible espolón que se llevaba por delante todo lo que embistiera. Un pequeño y extraño buque, también de hierro, el Monitor, se hizo célebre entonces al librar a la flota de barcos de madera del gran depredador de hierro enviado por el sur. Mientras los monstruos de hierro, primeros acorazados de la historia, luchaban entre sí, la flota de Farragut continuó camino hacia el sur para cumplir su misión de capturar Nueva Orleans. Todo ello le valió un homenaje del Congreso de los Estados Unidos en el que, por primera vez en ese país, se le ofreció un cargo novedoso: contraalmirante. Es curioso, pero la Marina de los Estados Unidos, desde su nacimiento, había utilizado diversos tipos de grado, con denominación propia, para referirse a los oficiales, pero siempre huyendo de los términos empleados en Europa, como queriendo alejarse de cualquier recuerdo de la Marina Real Británica. Fueron los éxitos de Farragut los que hicieron al Congreso reconsiderar esa posición.
Posteriormente participó en una serie de largas campañas entre Vicksburg y Baton Rouge, hasta que en la batalla de la Bahía de Mobile, finalmente Farragut se convirtió en todo un héroe, cosa que, a fin de cuentas, parecía ser su objetivo desde el principio habida cuenta que, tras tantos años de trabajo burocrático, la lucha en el mar, tan añorada por él, le había sido vedada hasta entonces. Fue en el transcurso de esta batalla, al ver que su flota se hallaba desmoralizada tras observar cómo uno de sus acorazados se hundía al chocar con una barrera de minas, cuando Farragut tomó la decisión que le convirtió en una leyenda de los mares. Lejos de retirarse, ordenó al buque a su mando que tomara la iniciativa y penetrara en aguas enemigas a toda máquina, a pesar de que sabían de la existencia de varias barreras minadas que no podían ser vistas. Así, la flota siguió sus temerarios pasos y, aunque en un encuentro con un temible acorazado enemigo la nave insignia de Farragut sufrió graves daños, éste ni se inmutó, ordenando a cada paso continuar con el ataque sin mirar atrás. La victoria en la batalla resonó en todo el mundo, pues muchos capitanes, en igualdad de circunstancias, no hubieran dudado en retirarse para proteger su flota de lo que parecía un destino funesto.
No extrañará que, tras su gran éxito, Lincoln y el Congreso decidieran crear un nuevo rango para él en 1864, siguiendo nuevamente el ejemplo europeo, fue nombrado Vicealmirante. Dos años después, nuevamente el Congreso creó el rango superior de la Marina de los Estados Unidos, para honrar a Farragut. Así, el hijo de un aventurero menorquín comprometido con la causa de los rebeldes norteamericanos, se convirtió en el primer Almirante de la US Navy, preludio de un viaje a Europa, donde fue acogido con gran interés y tratado como un héroe y en el que, como no podía ser de otro modo, el ya anciano Almirante Farragut no olvidó recalar en Menorca para rendir homenaje a su familia y sus antepasados en medio de una algarabía sin igual.
Lectura recomendada: Jorge Ferragut y David Farragut, obra de Jesús Hernando Bayo (1995).